APROVECHAR EL PODER DE LA MÚSICA PARA SANAR EL CUERPO, FORTALECER LA MENTE Y LIBERAR EL ESPÍRITU CREATIVO.
¿Qué es ese medio mágico que nos conmueve, nos hechiza, nos da energía y nos sana?
¿Qué es ese medio mágico que nos conmueve, nos hechiza, nos da energía y nos sana?
En un instante, la música es capaz de animarnos; nos despierta el espíritu de oración, de comprensión y amor. Nos despeja la mente y se sabe que nos hace más inteligentes.
La música es capaz de llevarse nuestras tristezas en su ritmo y melodía. Evoca recuerdos de amantes perdidos o de amigos fallecidos. Incita a los personajes que llevamos dentro: al niño a jugar, al monje a orar, a la vaquera a moverse al compás, al héroe a superar todos los obstáculos. Ayuda a los que han tenido una embolia cerebral a reencontrar el lenguaje y la expresión.
La música es un espacio sagrado, es una catedral tan majestuosa que en ella podemos sentir la magnificencia del Universo, y es también una casucha tan sencilla que ninguno de nosotros puede conocer sus más profundos secretos.
La música hace crecer las plantas, puede volver locos a nuestros vecinos, induce el sueño en los niños y anima a los hombres a marchar hacia la guerra.
La música es capaz de expulsar los malos espíritus, entonar las alabanzas de la Virgen, invocar al Buda de la Salvación Universal, hechizar a líderes y naciones, cautivar y tranquilizar, resucitar y transformar.
Sin embargo, la música es más que todo esto. Es el sonido de la tierra y el cielo, de las mareas y las tempestades; es el eco del tren en la distancia, las reverberaciones de los martillazos del carpintero en acción. Desde el primer grito de vida hasta el último suspiro de la muerte, desde los latidos del corazón hasta los vertiginosos vuelos de la imaginación, estamos envueltos en el sonido y vibración en todo momento de nuestra vida. Es el aliento primordial de la creación, la voz de los ángeles y átomos; es, en último término, la materia de la que están hechos la vida y los sueños, las almas y las estrellas.
KRISSY nació prematuramente en un hospital de Chicago, con sólo 680 gramos de peso y con un trastorno que amenazaba su vida. Los médicos la pusieron en incubadora con respiración artificial total. Aparte de una ocasional caricia en la cabeza, el único otro estímulo positivo que recibía eran las constantes infusiones de música de Mozart, que su madre rogó a las enfermeras que pusieran en la unidad neonatal. Los médicos pensaban que Krissy no sobreviviría; su madre cree que esa música le salvó la vida a su hija.
Al año de edad la niña aún no era capaz de sentarse, y sólo comenzó a caminar a los dos años. Tenía mala motricidad, era nerviosa, introvertida y poco comunicativa. Pese a todo esto, a los tres años demostró tener facultades para el razonamiento abstracto muy superiores a las correspondientes a su edad. Una noche sus padres la llevaron a un breve concierto de música de cámara. Durante los días siguientes, Krissy jugaba a tocar el violín poniéndose un tubo vacío de toalla de papel en rollo bajo la barbilla, y usando un palillo a modo de arco. Encantada, su madre la matriculó en clases de violín Suzuki con Vicky Vorrieter, y la niña, de sólo cuatro años, era capaz de reproducir de memoria piezas de niveles muy superiores a sus capacidades físicas. Durante los dos años siguientes, su fuerza y coordinación con el instrumento comenzaron a ponerse a la altura de sus facultades mentales. Con el apoyo y aliento de sus padres, profesores y compañeros, a los que se educaba para actuar en espíritu de grupo, Krissy dejó de retorcerse las manos asustada y comenzó a mezclarse y hablar con los demás. Mediante una combinación de punteos y armonía, la pequeña que nació pesando menos que su violín logró expresarse y sanar.
En los últimos años se han dado a conocer muchas historias semejantes a la de Krissy. En todo el mundo se valoran más los efectos especiales de la música, sobre todo de la de Mozart y sus contemporáneos, en la creatividad, el aprendizaje, la salud y la curación. Veamos unos pocos ejemplos:
• EN LOS MONASTERIOS DE BRETAÑA los monjes ponen música a los animales que crían, y han descubierto que las vacas que oyen música de Mozart dan más leche.
• LOS FUNCIONARIOS DEL DEPARTAMENTO DE INMIGRACIÓN DEL ESTADO DE WASHINGTON ponen música barroca y de Mozart durante las clases a nuevos inmigrantes llegados de Camboya, Laos y otros países asiáticos, y dicen que eso acelera su aprendizaje.
• EN UNA PANADERÍA DE NAGOYA se ofrece como especialidad el «Pan Beethoven», cuya masa se pone a leudar al ritmo de la 6 Sinfonía durante 72 horas.
• EN EL HOSPITAL SAINT AGNES DE BALTIMORE, los enfermos de la unidad de cuidados intensivos escuchan música clásica. «Media hora de música clásica ha producido el mismo efecto que diez miligramos de Valium», dice el doctor Raymond Bahr, director de la unidad coronaria.
• EN UNA PANADERÍA DE NAGOYA se ofrece como especialidad el «Pan Beethoven», cuya masa se pone a leudar al ritmo de la 6 Sinfonía durante 72 horas.
• EN EL HOSPITAL SAINT AGNES DE BALTIMORE, los enfermos de la unidad de cuidados intensivos escuchan música clásica. «Media hora de música clásica ha producido el mismo efecto que diez miligramos de Valium», dice el doctor Raymond Bahr, director de la unidad coronaria.
• EN LA CIUDAD DE EDMONTON (Canadá) tocan cuartetos de cuerda de Mozart en las plazas para tranquilizar a los peatones, y como consecuencia ha disminuido el tráfico de drogas.
• EN TOKIO, los fabricantes de pastas venden los «Musical Udon», confeccionados teniendo Las cuatro estaciones de Vivaldi y los trinos de los pájaros como música de fondo.
• LA FÁBRICA DE SAKE OHARA, en el norte de Japón, considera que la música de Mozart hace el mejor sake; la densidad de la levadura que se usa para fermentar este famoso y tradicional vino de arroz japonés, que es la medida de calidad, aumenta diez veces.
TERAPIA MUSICAL EN CÁNCER
Hasta ahora, la música se ha usado en el tratamiento del cáncer principal-mente como paliativo. A mediados de los años ochenta, las revistas Oncology Nursing Forum y Cáncer Nursing informaban que la terapia musical y la visualización guiada podían reducir las náuseas y vómitos causados por la quimioterapia. LA TERAPIA MUSICAL también ha sido útil en la rehabilitación de enfermos después de la operación, desde mejorar las habilidades motoras a au-mentar la autoestima.
La terapeuta musical Deforia Lañe, que recibió la primera beca para estudiar el efecto terapéutico de la música en enfermos de cáncer y ahora es la portavoz de la American Cáncer Society, ha visto cambios sorprendentes. Uno fue el de Duane Sullivan, ex vendedor farmacéutico que había sido hospitalizado con cáncer de colon. Amante de la música, se había construido su propio dúlcemele y se pasaba muchas horas felices en el hospital tocando su instrumento. Pero después empeoró su enfermedad y entró en un estado de coma del cual, según los médicos, no saldría jamás. Pese a esto, su compañera Carol se negó a que lo desconectaran de los aparatos que lo mantenían con vida, e iba a verlo cada día y tocaba el dúlcemele junto a su cama. Pasaron las semanas y un día, ante la sorpresa de todos, Duane despertó y vivió bien otro año. «Oí esas hermosas notas, esos compases de música, y tuve que encontrarlos -le dijo a Lañe después-. Los sonidos obligaron a mi mente a funcionar como debe funcionar una mente, no sólo dormir. Me lucieron comprender que había algo que valía la pena buscar, algo que yo debía buscar.»
CÁNCER DE MAMA: Desde la época de Galeno, el antiguo médico romano, se ha sabido que el cáncer de mama, enfermedad que según el Instituto Nacional del Cáncer va a afectar a una de cada ocho mujeres en Estados Unidos, está fuertemente relacionado con las emociones. Además de crear un ambiente armonioso, la música y el sonido pueden producir efectos potentes en las células y tejidos, e incluso influir en los tumores malignos. Las investigaciones vanguardistas del músico y profesor francés Fabien Maman, ofrecen interesantes pruebas de que EL SONIDO Y LA MÚSICA PODRÍAN EN REALIDAD ELIMINAR CÉLULAS CANCEROSAS Y DISOLVER TUMORES.
La historia comienza hace unos veinte años, cuando Maman era guitarrista profesional y músico de jazz. En 1974, durante una gira de conciertos con su grupo en Tokio, observó que el público no aplaudía entre pieza y pieza. Aplaudían al final del concierto, pero no entre piezas. Él estaba acostumbrado a los aplausos y al principio se sintió sorprendido por esa falta de reacción. Pero a medida que se fue acostumbrando a esa reacción, notó que tenía más energía que nunca. Después de tres meses de gira por Japón, comprendió que los aplausos entre piezas, por bien intencionados que fueran, en realidad destruían algunos de los beneficios de la música. Al no haber aplausos, entraba en estados mentales nuevos y exultantes como intérprete. Debido a algo presente en su constitución emocional, los japoneses se quedaban con la experiencia (al final del concierto aplaudían y ovacionaban durante quince minutos). Maman comenzó a meditar y rumiar la pregunta: « ¿Qué hace la música a las células del oyente? ¿Qué tipo de efectos produce el sonido en nuestro cuerpo?».
• EN TOKIO, los fabricantes de pastas venden los «Musical Udon», confeccionados teniendo Las cuatro estaciones de Vivaldi y los trinos de los pájaros como música de fondo.
• LA FÁBRICA DE SAKE OHARA, en el norte de Japón, considera que la música de Mozart hace el mejor sake; la densidad de la levadura que se usa para fermentar este famoso y tradicional vino de arroz japonés, que es la medida de calidad, aumenta diez veces.
TERAPIA MUSICAL EN CÁNCER
Hasta ahora, la música se ha usado en el tratamiento del cáncer principal-mente como paliativo. A mediados de los años ochenta, las revistas Oncology Nursing Forum y Cáncer Nursing informaban que la terapia musical y la visualización guiada podían reducir las náuseas y vómitos causados por la quimioterapia. LA TERAPIA MUSICAL también ha sido útil en la rehabilitación de enfermos después de la operación, desde mejorar las habilidades motoras a au-mentar la autoestima.
La terapeuta musical Deforia Lañe, que recibió la primera beca para estudiar el efecto terapéutico de la música en enfermos de cáncer y ahora es la portavoz de la American Cáncer Society, ha visto cambios sorprendentes. Uno fue el de Duane Sullivan, ex vendedor farmacéutico que había sido hospitalizado con cáncer de colon. Amante de la música, se había construido su propio dúlcemele y se pasaba muchas horas felices en el hospital tocando su instrumento. Pero después empeoró su enfermedad y entró en un estado de coma del cual, según los médicos, no saldría jamás. Pese a esto, su compañera Carol se negó a que lo desconectaran de los aparatos que lo mantenían con vida, e iba a verlo cada día y tocaba el dúlcemele junto a su cama. Pasaron las semanas y un día, ante la sorpresa de todos, Duane despertó y vivió bien otro año. «Oí esas hermosas notas, esos compases de música, y tuve que encontrarlos -le dijo a Lañe después-. Los sonidos obligaron a mi mente a funcionar como debe funcionar una mente, no sólo dormir. Me lucieron comprender que había algo que valía la pena buscar, algo que yo debía buscar.»
CÁNCER DE MAMA: Desde la época de Galeno, el antiguo médico romano, se ha sabido que el cáncer de mama, enfermedad que según el Instituto Nacional del Cáncer va a afectar a una de cada ocho mujeres en Estados Unidos, está fuertemente relacionado con las emociones. Además de crear un ambiente armonioso, la música y el sonido pueden producir efectos potentes en las células y tejidos, e incluso influir en los tumores malignos. Las investigaciones vanguardistas del músico y profesor francés Fabien Maman, ofrecen interesantes pruebas de que EL SONIDO Y LA MÚSICA PODRÍAN EN REALIDAD ELIMINAR CÉLULAS CANCEROSAS Y DISOLVER TUMORES.
La historia comienza hace unos veinte años, cuando Maman era guitarrista profesional y músico de jazz. En 1974, durante una gira de conciertos con su grupo en Tokio, observó que el público no aplaudía entre pieza y pieza. Aplaudían al final del concierto, pero no entre piezas. Él estaba acostumbrado a los aplausos y al principio se sintió sorprendido por esa falta de reacción. Pero a medida que se fue acostumbrando a esa reacción, notó que tenía más energía que nunca. Después de tres meses de gira por Japón, comprendió que los aplausos entre piezas, por bien intencionados que fueran, en realidad destruían algunos de los beneficios de la música. Al no haber aplausos, entraba en estados mentales nuevos y exultantes como intérprete. Debido a algo presente en su constitución emocional, los japoneses se quedaban con la experiencia (al final del concierto aplaudían y ovacionaban durante quince minutos). Maman comenzó a meditar y rumiar la pregunta: « ¿Qué hace la música a las células del oyente? ¿Qué tipo de efectos produce el sonido en nuestro cuerpo?».
Algunos años después conoció a Héléne Grimal, investigadora importante del Centro Nacional de Investigación Biológica de París, y también monja. A Héléne le interesaba la música; le gustaba pasar sus veladas tocando los tambores. Se hicieron amigos y dedicaron un año y medio a estudios biológicos no oficiales de los efectos del sonido en las células cancerosas. Durante este tiempo iban cinco noches a la semana a la Universidad de Jussieu de París, y realizaban sus experimentos en los laboratorios de investigación biológica desde las doce y media de la noche hasta las cinco de la mañana, cuando no estaban en funcionamiento los metros de la ciudad. Comenzando con tambores, flautas, guitarra, contrabajo y xilófono, estudiaron los efectos del sonido en células normales y malignas.
Grimal tenía acceso a muchas formas de células cancerosas. Comenzaron con la hela, célula cancerosa del útero, llamada así por Helen Lañe, estadounidense que murió de esa enfermedad. Grimal acopló una cámara especial a su microscopio y tomó cientos de fotos durante el curso de la investigación.
Grimal tenía acceso a muchas formas de células cancerosas. Comenzaron con la hela, célula cancerosa del útero, llamada así por Helen Lañe, estadounidense que murió de esa enfermedad. Grimal acopló una cámara especial a su microscopio y tomó cientos de fotos durante el curso de la investigación.
Primero tocaron un xilófono a unos 30-40 decibelios (no muy fuerte) a una distancia de 30 centímetros de las células. Después estudiaron cómo afectaba al cáncer una nota con el tiempo. Tocaban un la cada cuatro o cinco segundos durante veinte minutos. A Maman le interesó ese determinado tiempo de intervalo. «En el cuerpo tenemos ciclos de siete a siete minutos y medio», dice, y luego sugiere que triplicar un ciclo es la forma más eficaz de controlar la reacción del cuerpo. Finalmente descubrieron que, cuando tocaban repetidamente ese sonido, se rompían las membranas nucleares y citoplasmáticas de las células cancerosas, y pasados 21 minutos su estructura estaba totalmente desorganizada. Sin embargo, las células sanas quedaban intactas. A continuación probaron con dos notas alternadas, luego añadieron voz al xilófono y después continuaron con escalas. Descubrieron que la combinación de escalas mayor y cromática producía un efecto desintegrador más rápido.
Estos eran experimentos in Vitro, o en tubos de ensayo. En sesiones con enfermos de cáncer reales, o experimentos in vivo, la música producía resulta-dos igualmente sorprendentes. A dos voluntarias, pacientes de cáncer de mama, se les enseñó a vocalizar la escala entera, manteniendo una nota baja con un violín, veinte minutos por vez. Esto lo hicieron regularmente durante un mes, en sesiones de tres horas y media diarias. Eso es bastante vocalización. El tumor de una de ellas desapareció totalmente. La otra había acordado anteriormente con su marido que se iba a operar, se hiciera o no la terapia musical. Los cirujanos comprobaron que el tumor se había reducido y estaba totalmente seco; no había ninguna metástasis. Extirparon la parte maligna y el cáncer no volvió nunca más.
Los resultados preliminares de Maman nos abren nuevos panoramas a los que es necesario atender en un contexto clínico. Su nuevo libro A Sound Structure for the 2ht Century, incluye muchas fotografías de las células y sustancias químicas tratadas con sonido.
CÁNCER EN NIÑOS. En 1996, la terapeuta musical Deforia Lañe informó de un estudio controlado realizado en el Centro Irlandés para el Cáncer del Hospital de la Universidad de Cleveland. Una sesión de media hora de terapia musical mejoró la actividad inmunitaria del grupo experimental de 19 niños; después de la sesión, observó un importante aumento de la inmunoglobulina salival A (IgA), mientras que en los 17 niños del grupo de control se observó una disminución pequeña, no importante, de esta inmunoglobulina.15 La IgA, anticuerpo de la saliva que protege de las bacterias dañinas y toxinas, es un principal indicador de mayor resistencia a la enfermedad.
En su libro Musicas Medicine, Lañe cuenta casos de muchos niños y jóvenes enfermos de cáncer cuyas vidas han mejorado con la terapia musical. Ginny, de 17 años, estaba vendada de la cabeza a los pies; Los efectos secundarios de los medicamentos para la leucemia la habían dejado prácticamente sin piel. Sus dolores eran horribles, y durante muchas semanas había tenido una depresión muy fuerte y se había encerrado en sí misma. Al enterarse de que a la niña le gustaba la música y tocaba en la orquesta de su colegio, le llevó una Omnichord (arpa manual eléctrica capaz de producir muchos acordes de forma automática) a la habitación y le preguntó si quería tocarla o se la traía otro día. Ante su sorpresa, Ginny estiró los tres dedos de la mano que no tenía vendados y le dijo que tocaría. Durante los 45 minutos siguientes estuvo encantada tocando y cantando, mientras su madre y su tía la contemplaban con lágrimas de alegría en los ojos. Cuando Lañe ya se marchaba, la madre le dijo que era la primera vez desde que su hija estaba hospitalizada que la había visto feliz. Ginny murió pocos días después, y su madre le pidió a Lañe que en el servicio fúnebre cantara «That's What Friends Are For» [Para eso están los amigos], canción que habían cantado juntas.
Los resultados preliminares de Maman nos abren nuevos panoramas a los que es necesario atender en un contexto clínico. Su nuevo libro A Sound Structure for the 2ht Century, incluye muchas fotografías de las células y sustancias químicas tratadas con sonido.
CÁNCER EN NIÑOS. En 1996, la terapeuta musical Deforia Lañe informó de un estudio controlado realizado en el Centro Irlandés para el Cáncer del Hospital de la Universidad de Cleveland. Una sesión de media hora de terapia musical mejoró la actividad inmunitaria del grupo experimental de 19 niños; después de la sesión, observó un importante aumento de la inmunoglobulina salival A (IgA), mientras que en los 17 niños del grupo de control se observó una disminución pequeña, no importante, de esta inmunoglobulina.15 La IgA, anticuerpo de la saliva que protege de las bacterias dañinas y toxinas, es un principal indicador de mayor resistencia a la enfermedad.
En su libro Musicas Medicine, Lañe cuenta casos de muchos niños y jóvenes enfermos de cáncer cuyas vidas han mejorado con la terapia musical. Ginny, de 17 años, estaba vendada de la cabeza a los pies; Los efectos secundarios de los medicamentos para la leucemia la habían dejado prácticamente sin piel. Sus dolores eran horribles, y durante muchas semanas había tenido una depresión muy fuerte y se había encerrado en sí misma. Al enterarse de que a la niña le gustaba la música y tocaba en la orquesta de su colegio, le llevó una Omnichord (arpa manual eléctrica capaz de producir muchos acordes de forma automática) a la habitación y le preguntó si quería tocarla o se la traía otro día. Ante su sorpresa, Ginny estiró los tres dedos de la mano que no tenía vendados y le dijo que tocaría. Durante los 45 minutos siguientes estuvo encantada tocando y cantando, mientras su madre y su tía la contemplaban con lágrimas de alegría en los ojos. Cuando Lañe ya se marchaba, la madre le dijo que era la primera vez desde que su hija estaba hospitalizada que la había visto feliz. Ginny murió pocos días después, y su madre le pidió a Lañe que en el servicio fúnebre cantara «That's What Friends Are For» [Para eso están los amigos], canción que habían cantado juntas.

